Familia de refugiados kurdos de Irak.  Recién llegados a la isla de Lesbos (Grecia) desde Turquía   . Foto:  María Torres-Solanot.  

Familia de refugiados kurdos de Irak. Recién llegados a la isla de Lesbos (Grecia) desde Turquía . Foto: María Torres-Solanot. 

Miles de personas cruzan todos los días los mares Egeo y Mediterráneo para alcanzar la costa europea. Huyen de la guerra, de una muerte segura, la violencia extrema, la persecución política y el hambre en sus países de origen.  Personas que jamás habían visto el mar, se ven abocadas a ponerse en manos de las mafias turcas, con traficantes que comercian con su vida, que les venden un viaje muy peligroso en botes sin la más mínima seguridad, con chalecos falsos que en lugar de servir de protección, causan el hundimiento hasta el fondo cuando naufragan. Miles de muertes cada año. El mar como cementerio, como trampa de personas en busca de un refugio. Personas que tienen que confrontar el miedo, la pérdida de la seguridad física y emocional, la angustia durante el largo viaje a través de una Europa hostil, que no se solidariza con ellos. Al duelo del corazón por dejar atrás su tierra de nacimiento, ahora destrozada por guerras y persecuciones, se une el dolor físico que tienen que soportar en muchas fases de su ruta hacia un sueño que se les escapa. Pierden hogar, raíces, identidades, vínculos familiares, seguridad física y psíquica, lengua materna, cultura y valores, tierras y paisajes. Confrontan el vacío, la xenofobia, la incertidumbre, el desamparo, las separaciones familiares, el desarraigo, el miedo, la violencia y la muerte durante un éxodo durísimo lleno de fronteras y muros.

Isla de Lesbos en Grecia. Llegada de refugiados desde Turquía. Fotos: María Torres-Solanot.

Viajan juntas familias enteras, mayores, niños, bebés. La unión y el vínculo entre ellos, los abrazos, el cariño, y el amor incondicional es lo que les hace salir adelante. La infancia se interrumpe. Mohammed, un niño sirio de ocho as, me enseña sus pequeños prismáticos en la estación de Budapest, donde él y miles de refugiados, se han quedado atrapados y detenidos por los policías antidisturbios húngaros. Prismáticos que para un niño europeo significarían juego y aventura, para él significan supervivencia en su largo éxodo. En Lesbos, tras los desembarcos de personas en busca de refugio, quedan varios cementerios. De personas y de objetos. Recuerdos que se les caen al bajar del bote, como pequeñas cadenitas que pueden servir de seguro de vida en un futuro. Pero el Gobierno de Dinamarca ha asegurado que arrebatará a la llegada a su país cualquier objeto de valor a los refugiados a cambio de proporcionarles el asilo al que tienen derecho. Noruega ha anunciado la puesta en marcha de un polémico programa de repatriación, por el que se pagan hasta 2.400 euros a aquellos extranjeros que decidieran abandonar el país. Ahora ha añadido un incentivo extra: otros 1.200 euros para los primeros 500 en marcharse. Austria ha empezado a construir un muro en el paso de montaña de Brennero, en los Alpes y la frontera con Italia, para evitar la entrada de refugiados en su territorio. Las concertinas, y alambradas que el Gobierno de Hungría ha instalado en los 175 kilómetros de su frontera con Serbia para impedir a los refugiados la entrada a su territorio, tienen marca española. Una empresa malagueña, la única en producirlas, tanto en España como en el resto de Europa. El mismo modelo que España colocó en la frontera de Melilla.

Refugiados en la estación de Keleti en Budapest (Hungría). Fotos: María Torres-Solanot

Cementerios de personas, de los miles de vidas perdidas en las aguas y cementerios de objetos. Zapatitos de niños, juguetes, una marea de chalecos falsos que tiñen de naranja la costa de las islas griegas. Barcas rotas de madera y botes de plástico, que enclavados en la arena nos recuerdan que la isla griega ya no es un paraíso, es el símbolo de la pérdida de humanidad por parte de los Gobiernos europeos. Es una frontera de pinchos, el muro de la vergüenza, y a la vez la esperanza de miles de personas que luchan por sobrevivir. Pero Europa se cierra y abre campamentos para encerrarlos, para disuadirlos de la idea de buscar cobijo en nuestro continente. Campos de concentración para menores y mayores despojados de los más mínimos Derechos Humanos.

Isla de Lesbos en Grecia. Llegada de refugiados desde Turquía. Fotos: María Torres-Solanot. 

Miles de niños han desaparecido durante la ruta migratoria, presas de los traficantes y víctimas de secuestros. Mujeres y niños sin acompañar, el eslabón más débil y las primeras víctimas durante este dura huída. Son personas que no eligen venir. Huyen de años de guerra en su tierra, y vienen navegando por el mar en un viaje a vida o muerte, zarandeados por las olas, con botes hechos en China que se llenan de agua, motores que se paran a mitad de ruta, lanchas de plástico que se vuelcan, y se ocupan al doble de su capacidad. Un pasaje que cada refugiado paga a más de mil euros por una travesía mortal, sin que nadie con las más mínimas nociones de navegación les acompañe. Sólo algunas ONGS y voluntarios están allí para socorrerles en sus naufragios, y en su larga ruta por tierra hacia un nuevo hogar, para darles la bienvenida, atención sanitaria, alimento, cobijo y apoyo físico y emocional. Los ciudadanos se adelantan a las instituciones. Si ellos no hicieran esta labor nadie más la haría.

Testimonio de Kossi Siméon Atchakpa, refugiado político en España y periodista togolés.

Documental "La Dignidad" de María T.Solanot